Capitulo 1
Una pequeña charla antes de partir.
Metrópoli
Vestigio recientemente cumplía tres años de fundación. Inesperadamente, había
partido de un diminuto y retirado pueblo en la región de Gero y con la
extremada ayuda de empresas privadas se había erigido como una aspiración más
en la vida de todo quien hiciese llamarse entrenador Pokémon.
El diminuto pueblo no demoro mucho en hacer parte del
pasado y en pasar a conformar las bases para la naciente ciudad. En la cual se
construyeron altísimos edificios, coliseos futuristas, dojos clásicos, ocho
gimnasios Pokémon como una región independiente, y las demás comodidades tanto
para humanos como para Pokémon.
Rápidamente se volvió ejemplo vivo del avance mundial en
materia Pokémon y estableció un estándar muy alto para este tipo de urbes en
donde convivían todos los aspectos humados, y en donde se tenía como prioridad
los entrenamientos, batallas, concursos, torneos y demás competiciones Pokémon.
Un sitio de ensueño para cualquier entrenador y, de igual manera, un sitio al
que no cualquiera podía acceder; tan solo los entrenadores que ya hubiesen
derrotado al alto mando de la región de Gero o de cualquier otra, o aquellos
que por sus cualidades hubiesen demostrado las suficiente actitudes respecto a
los Pokémon o enormes talentos en algún arte, podían acceder a la ciudad del
enorme porvenir, los múltiples ambientes y lugares inspiradores.
En esta ciudad se encontraba Marco Bonaventura, un hombre
inteligente y de enormes talentos. Un ser sin un pasado que le pesara y sin
futuro que le preocupara, que tan solo se molestaba en no desperdiciar su
tiempo e intentar vivir disfrutando de los pequeñas alegrías que le ofrecía la
vida.
El bar era un completo frenesí, como un retrato inundado
de tantos detalles atractivos que llega a cansar la mirada. La energía se
respiraba en el aire y se sentía al tacto. Las luces de neón se movían de un
lado a otro en las muñecas y cuellos de lo jóvenes que bailaban, saltaban y
gritaban al unísono con la música electrónica.
– ¡Marco Bonaventura en un sitio como este! ¿Y a que se
debe el extraordinario suceso?–Pregunto la chica alta, delgada, de rojizo
cabello, ojos carmesí, elegante caminar y mirada perdida que, al llegar a la barra
en donde se encontraba Marco Bonaventura, se sentó en la banca vacía que había
junto a él.
Marco miró a la chica e intentando ocultarle la tristeza
que le había acompañado durante la última hora, dio un sorbo a su alcohol
barato y nada estimulante; moderó su tono de voz y contestó.
–Querida Amanda, ¿Cómo es que siempre me encuentras?
–Preguntó en un tono bastante elevado para poder llegar a opacar la música con
su voz.
–Estoy segura de que crees saber de la respuesta –Contestó
ella mientras colocaba un codo sobre la barra del bar y apoyaba su rostro sobre
su mano.
–No está de más preguntar ¿O sí?
–Esta vez te equivocas señor listo. Entré hace como media
hora aquí y apenas de veo.
–Siempre es gentil equivocarse. –Contestó atisbado Marco
mientras balanceaba su vaso medio vacío intentando no pensar en nada.
Amanda se
apoyó sobre la barra con ambas manos para lograr mayor atención del barman y le
hizo un gesto para que este le prestara atención.
–Deme un… –Amada se evadió de si misma unos cortos
segundos con su permanente mirada perdida. Esta vez entre las botellas
decorativas que se hallaban frente a ella. Con un parpadeo volvió en sí. Puso
sus ojos prematuramente descompuestos sobre Marco, delicadamente le arrebato el
vaso oscilante acomodándolo a una distancia pertinente, le tomó el rostro entre
las manos despejándole un poco el oscuro cabello y puso sus labios en la
mejilla de él para poder hablarle con mas claridad.
–Marco, no tienes por qué sentirte culpable por
extrañarlos ¿Por qué te enojas contigo mismo?
Marco dio un hondo suspiro, cerró sus parpados y rememoró
para traer a colación una frase que había convertido en escudo de batalla e
impulsor de aliento hacia ya algunos años.
–Él ahora es lo que existe, el pasado…
–Marco, Marco, escúchame. No te cierres amigo…
–El pasado es pasado–Continuó cortante él.
– ¿Por qué no crees que te entiendo? Te entiendo
más que
nadie Marco.
–Y el futuro no existe. –Concluyó él quitando las manos de
Amanda de su rostro, apartándola de sí y tomando de nuevo su vaso como el
objeto distractor de su odiada añoranza.
El barman se acercó para asegurarse si Amanda pediría algo
y ella enseguida le entrego su tarjeta de crédito, pidiéndole cobrar la
totalidad de lo que ella y Marco habían pedido en su estancia en el bar. En
menos de quince minutos ambos estaban en un taxi en dirección al hotel en que
se alojaban. Al llegar, tomaron el ascensor y subieron hasta el onceavo piso en
donde se encontraba la habitación del joven. Allí ambos se sentaron en un
confortable sillón negro que se encontraba cerca a la puerta y después de unos
largos y silenciosos minutos necesarios en los que Marco no quitó la mirada del
suelo y Amanda continuaba con su característica mirada perdida, ella hizo una
de las ultimas preguntas que haría esa noche sin dejar de mirar a la
nada.
–Entonces, ¿Te vas mañana?
–Si. – Contesto él y suspiro hondamente.
– ¿A que horas?
–A las nueve, después de pasar a ver a Clefairy. Amanda te
lo encargo mucho.
–Tranquilo, no pienso ir a ningún lado hasta que se
recupere. No le pasara nada, créeme. Y ¿A dónde vas?
–Sabes que no puedo decirte nada.
– ¿Lejos?
–Lo suficiente.
Ella posó su mano sobre el brazo de él y subió guiada por
su tacto hasta identificar su rostro. Le dio un beso en la mejilla y lo
estrecho entre sus brazos intentando aliviarle un poco.
–Cuídate.
–Así lo hare–Respondió él.
Amanda se levantó del sofá, giró dudosamente sobre si
misma y se marchó del cuarto para dirigirse al treintaidosavo piso en donde se
encontraba su habitación.
En la mañana, Marco despertó de su sueño por el estruendo
del despertador eléctrico que empezó a sonar a las seis de la mañana, desde la
mesita que había al lado de la cama. Antes de levantarse a preparar todo para
su viaje se recostó algunos minutos en la cama. Su mente ya estaba limpia y
clara como casi siempre, a excepción de esos momentos, como los de la noche
anterior, en donde le pesaba en el alma el no ver a su familia desde hacia
siete años y la certeza que daba su propia decisión de jamás volverlos a ver.
Ahora todo volvía a la normalidad. Su serenidad, su paz y su armonía ya habían
vuelto a llenarlo por completo y solo le restaba controlar la excitación que le
brotaba a la idea de las posibles aventuras que le aguardaban, el peligro y, sobre
todo, la gente interesante que se pasaría en su camino y las vivencias
edificantes que le esperaban por venir, o al menos eso deseaba con gran
entusiasmo.
Antes de entrar a la ducha, llamó a servicio a la
habitación y mandó a subir en cuarenta y cinco minutos una bandeja con té, pan
integral tostado, mermelada y jugo de naranja. Después de bañarse, se vistió
con un pantalón de paño café, una camina de seda blanca con cuello amplio, un
chaleco de gabardina, un saco ceñido al cuerpo adornado con diseños rómbicos y
un par de zapatos lustrados y de juego con el pantalón y el saco. Se acomodó el
cabello con un corte amplio en dos partes alrededor del rostro y salió de su
dormitorio para ir al cuarto central de su habitación guiado por el tentador olor
a té y pan tostado. El desayuno solicitado se encontraba en una bandeja
reluciente sobre una pequeña mesa en el centro del cuarto y bajo la luz que
entraba por una amplia ventana. La cual, iluminaba el cuarto y dejaba divisar
el enorme bosque a las afueras de la ciudad, tras las grandes murallas que
salvaguardaban el prestigio de su acceso.
Más tarde salía del centro Pokémon en donde había visitado
a su Clefairy. La imagen de su pequeño Pokémon, sedado, con mascara de aire
para controlar su respiración, una aguja en el brazo por la que suministraban
suero y medicina, y con cables de monitoreo por doquier le conmovía
profundamente. Cuánto deseaba Marco quedarse durante el mes completo que le
faltaba de recuperación a Clefairy. Pero era imposible; hacia más de dos
semanas que él mismo había escogido la fecha en la que iniciaría su viaje y
esta había sido aceptada por sus superiores. En aquel momento tenía ya todo
listo y entonces, inesperadamente, Clefairy se desmayo de repente en medio de
un combate de entrenamiento. ¡Lo recordaba tan vivamente!; Clefairy se
enfrentaba a un Mightyena y acababa de utilizar canto para dormirle cuando cayó
lentamente del cielo y aterrizó desmayado sobre la arena de batalla. Al
principio, Marco pensó que Clefairy estaba agotado; pero la atención inmediata
de una enfermera y el posterior dictamen de un medico desmintió su suposición.
Clefairy había contraído un raro virus al cual se le debía prestar mucha
atención; se necesitaría de una hospitalización de mínimo un mes y una
regulación estricta de su respiración. Pero aunque él no dudo en pedir el
aplazamiento de su ida de la ciudad, sus superiores ya habían aceptado su
anterior disposición y por ende habían actuado en consecuencia. Ya todo estaba
dispuesto para la fecha decidida y cambiarla o retrasarla traería demasiadas
complicaciones. Fue inútil, tendría que partir sin mayor discusión y dejar a
Clefairy muy a su pesar.
Tomó un taxi para ir hasta el museo de arte ubicado en la
parte norte de la ciudad. Al llegar entró sin mayor demora, tomó el ascensor y
tras pasar su tarjeta de acceso por la rejilla correspondiente, pisos antes
inexistentes en el tablero digital aparecieron ante sus ojos. Tecleó el noveno,
el cual lo llevo hasta el cuarto piso subterráneo del museo. Allí el movimiento
era moderado; secretarias uniformadas iba de un lado a otro con múltiples
carpetas y tabletas digitales entre las manos. Había un gran pasillo que iba
muy al fondo del piso y del que se desplegaban enormes salones destinados a diferentes
actividades. Marco recorrió el pasillo con su andar lento y entró en uno de
ellos. En esté habían un par de chicas agraciadas conversando entre sí y un
hombre de mediana edad hablando por teléfono desatendido de su entorno. Marco
continuó hasta el escritorio principal en donde se encontraba un chico muy
joven con enormes lentes de marco ancho, cabello corto y vestimenta descuidada.
El cual estaba totalmente concentrado en una de sus computadoras.
–Hola Roberto ¿Qué tal todo? –Preguntó amablemente Marco
sentándose frente al escritorio.
–Ehh, ¡Hola Marco!, te estaba esperando–Contestó el chico
sorprendido y dejando de lado el video juego del que hacia uso en una de las
tres computadoras que tenía frente a sí–. Espérame un segundo.
El chico se dispuso a terminar algo pendiente en el video
juego para poder pausarlo. Marco, mientras tanto se fijó un poco en los
documentos sueltos que habían por todo el escritorio.
–El orden no es lo tuyo, ¿No es cierto? –Preguntó Marco
sin parar de ver los documentos.
–Ehh, ¡Listo! –Contestó el chico después de un minuto y
con una sonrisa por algún logro en su video juego– ¡Ya puedo atenderte!
–Fantástico –Dijo Marco en un tono casi sarcástico pero
amable.
–Bien, ¿Has pensado en algún Pokémon en especial?
–Preguntó Roberto mientras se levantaba de su silla y ponía su atención en la
parte trasera de su oficina, en donde se encontraban muy ordenadas, a
diferencia del resto de la oficina, y clasificadas varias Poké Ball, Malla
Ball, Super Ball y Ultra Ball– Te recomendaría un Flygon o un Salamance,
también un Seviper te seria de ayuda. Ahh y también creo que te gustara un
Metagross.
– ¿Qué si he pensado en algún Pokémon en especial? Bueno,
pues si. –Marco sonrió antes de continuar– En los míos.
El chico puso un gesto de resignación, voltio a mirar a
marco y replicó.
–Ya hemos hablado de esto Marco–Roberto se sentó de nuevo
frente a Marco–. Van cuatro veces que te dejo ir sin ningún otro Pokémon que
los tuyos.
–Cuatro favores que te agradezco.
–No me entiendes. Mira no tengo nada contra tu Gengar ni
contra tu Alakazam. En realidad me parecen muy buenos Pokémon, pero entiende
que, aun sumando a Clefairy, a tu equipo le faltaría tres Pokémon y sabes que
mi labor aquí es que nadie salga a trabajo de campo sin un equipo completo e
invencible o siquiera muy fuerte.
–Vamos Roberto, no exageres. Como dices van tres veces
que…
– ¡Cuatro! –Interrumpió el chico.
–Muy bien, cuatro veces en las que salgo con mis tres Pokémon
y aun así no se he tenido problema alguno.
–No, lo siento pero esta vez o tomas tres de mis Pokémon o
no te certifico. Y ya sabes que sucede si no lo hago. Además, ¿Por qué no
evolucionas a Clefairy? Mira acá tengo piedras de todas las clases, entre ellas
lunares y…
–Roberto, esperó que esta vez no se te olvide; a Clefairy
no le gusta ni un poco la idea de evolucionar y a mi tampoco me molesta que no
lo haga. –Marco contuvo la risa mientras hablaba– Menos mal lo deje en el hotel
o si no te estaría golpeando furioso.
–Te lo agradezco. Creo–Dijo Roberto sobresaltado ante el
recuerdo de la primera ocasión en donde sugirió la evolución y el impulsivo
Pokémon se le había tirado encima–. Aun así tú eres su entrenador, tú deberías
decidir.
–Eso no cambia nada –Dijo Marco y dio un vistazo a su
reloj para confirmar que estaba a tiempo para, una vez que recibiera el
certificado necesario para salir de la ciudad, regresar al hotel por su maleta
y salir de la ciudad justo a las nueve-. A ver Roberto, dime que quieres para
certificarme.
–Que tomes tres de mis Pokémon al menos –Dijo el chico
mientras se acomodaba los lentes.
Marco se acercó un poco a Roberto y en tono confidencial
continuó.
–Me refiero a algo que te beneficie. Sé que a ustedes, los
de oficina, les pagan apenas lo justo a diferencia de los agentes de campo. A
ver dime que necesitas esta vez.
–No caeré de nuevo Marco, la última vez casi se dan cuenta
de las computadoras que me diste. –Dijo algo nervioso Roberto e intentando ver
si las otras tres personas en la sala habían escuchado algo.
– ¿Te gustaron? –Pregunto animadamente Marco.
– ¡Oh si! Justo las que quería –El chico reaccionó y un
tanto enfadado continuó- ¡Marco no me cambies la conversación! O tomas tres de
mis Pokémon o no hay certificación.
Marco pensó durante un momento que hacer. No le gustaba
llevar en su equipo otros Pokémon que no fueran los suyos. Antes no le
resultaba problema alguno con su equipo pues la chica que se encargaba de esa
certificación era muy amiga suya, pero desde que ella fue ascendida y Roberto
ocupo el puesto, siempre se veía enredado con él en la misma discusión. En las
últimas veces había sabido como sobornar al chico, pero, aunque novato, Roberto
tenía fulgores de una actitud terca que sobresalían en momentos; momentos que
eran odiosos para Marco.
–Bien–Dijo con tono resignado Marco–, dame un Gyarados, un
Umbreon, y dame alguno a tu gusto.
–Vez que no es tan difícil –Dijo el chico mientras se
levantaba de nuevo hacia los estantes a buscar los Pokémon mencionados.
–Como digas.
Roberto tomó dos Ultra Ball, y dudo entre una Super Ball y
una Poké Ball, eligiendo al final una Ultra Ball más que contenía un Aggron.
Colocó las tres esferas sobre el escritorio atareado de documentos y comenzó a
rellenar en la computadora más distante a él el respectivo certificado. El cual
aseguraba que el señor Marco Bonaventura salió hacia trabajo de campo con un
equipo completo y suficientemente fuerte para defenderlo ante cualquier
percance posible. Luego, el chico imprimió el certificado, lo firmó, lo selló y
se lo entregó a Marco.
–Por fin las cosas bien hechas.
–Si que eres molesto Roberto. Te tendré en cuenta cuando
este mas arriba –Reprochó Marco con una sonrisa belicosa mientras tomaba las
tres esferas relucientes y las guardaba en los bolsillos internos de su saco.
–Deberías entrenar un equipo completo y sería más fácil
para ambos hacer esté papeleo.
–Lo pensaré–Hizo una pausa–. Suerte con tu jueguito.
–Ehh, si gracias –Contesto algo aturdido Roberto.
Marco se marchó de ese piso por el ascensor y bajó otros
tres pisos más. Allí la organización del lugar era diferente. Una recepcionista
atendía cerca a la entrada del ascensor y concedía el paso por alguna de las
tres escaleras por las que se ascendía un piso arriba. Marco saludó a la
recepcionista que, como muchas secretarias, usaba unos lentes rosadamente
opacos cuya función era la de mostrar anuncios en modo de texto sobre la vista.
Luego, subió por la escalera de la derecha y entregó tres certificados, junto
con el que acababa de recibir, a un hombre de tercera edad que odiaba hablar y
que se encargaba de entregar un portafolio indispensable para Marco y dar luz
verde para la salida a trabajo de campo de todo agente. Después, bajó a la
recepción y ante un comentario inteligente de parte suya, hizo romper a la
recepcionista en una melodiosa carcajada y pidiéndole un favor, le entrego tres
Ultra Ball, las mismas que había recibido anteriormente, para que se las
entregara a un chico muy joven en el primer piso de certificados llamado
Roberto.
Después de media hora y luego de regresar al hotel por su
par de maletas de mano, Marco iba saliendo por el enorme pasillo principal del
vestíbulo por el que se accedía y salía de Metrópoli Vestigio. Le costó algo de
trabajo salir rápidamente del vestíbulo de la ciudad a causa de la cantidad de
gente y Pokémon provenientes de todas las regiones que intentaban entrar a la
ciudad. Por doquier se veían distintos Pokémon; enormes Snorlax dormían
ocupando demasiado espacio, Woobat y Swoobat, Pidgeot, Fearow y demás Pokémon
voladores sobrevolaban por todo el lugar; atemorizadores Gyarados con sus
gigantescas bocas se paseaban por un gran estanque dispuesto para los Pokémon
tipo agua y muchos otros Pokémon más pequeños correteaban por todos lados.
Al lograr salir, esperó en una banca de la estación del
metro, único método por el que se accedía a la ciudad a excepción de venir
sobre un Pokémon volador o llegar atravesando el impenetrable bosque, hasta que
en menos de seis minutos subió a uno de los vagones del metro y se marchó
durante una larga temporada de la ciudad.
Muy buen capitulo, se te da muy bien el tema de los Pokemon. Ten kuidado kon la ortografia. –Por fin las cosas bien echas.
ResponderEliminarEchas es de tirar: No eches demaciada sal.
Hechas es de hacer: Aunque hiba con prisa, dejo hecha la cama.
Y el color de la letra, la verdad es que duele al leerla por culpa del fondo negro, ya te lo habia dicho antes xD.
Salu2
Gracias por el comentario. Enseguida corregiré la falta ortográfica, y, respecto al estilo de la entrada, aún no he pensado sí cambiar el color del texto o del fondo. Aun así lo arreglare.
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